LA DEMANDA COMO PRODUCTO ARTESANO

Esta nueva entrada del blog ha tardado en llegar. Las múltiples obligaciones de nuestra profesión hacen difícil encontrar un hueco entre los plazos para escribir algún artículo. Porque los artículos, mejores o peores, al igual que las demandas, son escritos únicos e irrepetibles.

La idea de que los abogados tenemos “plantillas” para redactar nuestras demandas, en las tenemos que hacer poco más que rellenar los espacios en blanco, está terriblemente extendida entre la sociedad. Es cierto que existen modelos que sirven de guía y que otorgan seguridad jurídica e igualdad de armas entre las partes, ya que la demanda no es un texto totalmente libre y debe adecuarse a unas pautas que establece la ley. Pero ello no constituye en absoluto una plantilla universal que pueda utilizarse para cualquier tipo de procedimiento. Todo lo contrario. Cada demanda requiere su propia forma, su propio fondo y, en definitiva, su propia esencia.

En cualquier caso, que esta idea errónea esté difundida y aceptada por la mayoría de la población, no deja de ser un reflejo del sistema económico de nuestra sociedad, en la que la producción en cadena y en masa parece ser la referencia ideal.

No obstante, el modo de obtener una demanda se encuentra muy lejos de ese sistema productivo. De hecho, no cabe hablar de “producción” o “fabricación” de una demanda, sino que sólo puede hablarse de elaboración de la demanda. La forma en que trasladamos el trasfondo del asunto, su relato de hechos y sus elementos de prueba, al papel, es la narración técnica de una historia única, con unos protagonistas igualmente únicos. Con esta premisa, resulta totalmente imposible que una demanda pueda simplificarse al extremo de cumplimentar un formulario rellenando los huecos. La elaboración ha de ser cuidada, esmerada y personalizada, por lo que sólo puede concluirse que es una elaboración artesanal. Como el alfarero que a lo largo de su vida elaborará miles de jarrones de barro parecidos, pero nunca iguales, así el abogado redacta numerosas demandas, aparentemente iguales, pero siempre diferentes.

Porque todo lo que está hecho directamente por una persona, sea alfarero, panadero o abogado, tiene una impronta de humanidad de la que carecen los objetos fabricados en masa o en cadena. Por eso, como el jarrón de barro lleva plasmadas las huellas del alfarero, la demanda lleva parte de la vida de un abogado entre sus páginas.

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